CONOCER EL OTRO LADO


Comando de Infantería de Selva N°49, turno de patrulla de las 12, frío, solo, oscuro. Estuvo ahí parado, mirando a la izquierda, a la derecha, al frente, arriba, abajo, nada, y de nuevo a la izquierda, a la derecha, al frente, arriba, abajo, nada, otra vez, a la izquierda, a la derecha, arriba, abajo, suena algo, para, escucha, observa con atención, busca por todos lados con una desesperación pasiva y ansiosa que, por amor a Dios, no sea nada. De pronto es ahorcado con un alambre, lo jalan con fuerza al suelo y lo patean con una fuerza brutal, con botas muy rígidas y dolorosas, y con tal fuerza que lo mínimo que podrían hacer es generar un dolor rítmico casi permanente. La paliza fue tal que perdió el conocimiento a los segundos.

Abre los ojos, muy rápido, y se pregunta: "¿Nos emboscaron? ¿Nos van a matar?" Cuando despierta no entiende nada, se confunde, se siente como con bilis negra en su estómago, mareado, adolorido, no ve nada aún con los ojos bien abiertos, pero, de repente, lo entiende todo: sí, los guerrilleros habían tomado el campamento. Están amarrados a un árbol, 5 hombres por cada árbol, 7 visibles. Como cualquier ser humano, se asustó, empezó a respirar temblorosamente, pero de manera contenida, solo para no dar a notar debilidad. Veía a esos hombres sucios por el barro de la selva, malolientes por los días sin bañarse y bruscos por su estilo de vida. Era aterradora la idea de estar consciente y no saber lo que iban a hacer con él. “¿Me van a matar? ¿Me dejarán con vida? ¿Me destriparán? ¿Y si me decapitan y juegan con mi cabeza?”

Recordó en ese momento lo miserable que había sido su vida: una infancia pobre, un padre completamente ausente, una hermana tacaña y envidiosa, un camino predeterminado, un don nadie, un perdedor y un fracasado. Ese día Julian René Carvajal Garzón reconoció lo asquerosamente miserable que había sido su existencia y lo desesperanzado que estaba de su futuro en vida o en muerte. Ya sea en vida, un futuro lleno de muerte y recuerdos en los que quedará atrapado el resto de su existencia. Ya sea en muerte, aunque más esperanzadora, la carencia de algo no posee ningún significado.

Julián, un joven de 18 años, ya en uniformes, ya en el campo, fue el primero en huir de casa, para “salir adelante”, para tener “aunque sea un poco de plata”, para dejar de pelear por un huevo en las mañanas, para “hacerse hombrecito”. Un niño con trapos que le quedaban grandes, que no había hecho más en su vida que comer sobras de mierda, que nunca tuvo oportunidades de ser grande en la vida, que su único sueño en la vida era armar un helicóptero, y aún a sus 43 años nunca pudo. “¿Ya para qué? ¿Qué sentido tiene hacer algo imposible? Ya estoy viejo para pensar en esas maricadas.”

“¡Que me mira!” Julian cayó en cuenta que había estado mirando a uno de ellos como un loco, con rabia existente pero inconsciente. Uno de ellos se le acercó, lo miró, se le acercó como una fiera, le puso la nariz en toda la cara, Julián se quedó callado, aguantando las lágrimas y con los labios temblando, el hombre exhalaba con poder, como marcando territorio. “¿Qué me mira, ah?”. le escupió en la cara y se fue otra vez a sentarse. La garganta de Julián se redujo a una bolita de acero; había descubierto la verdadera repugnancia y aún así se empezó a sentir mejor. Descubrió que toda su vida no había sido tan espantosa como creía; podría ser peor y no lo fue, al menos hasta ahora.

A lo lejos oyó una explosión; había sido una granada. Le dio un espasmo natural, pero él se sentía neutral ante lo que acababa de pasar, como si fuera algo cotidiano. No sintió esperanza; nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad de que lo pudieran salvar. Menos mal, porque luego descubrió que había sido un amigo que estaba en su carpa, que por alguna razón no se había percatado de la situación y que los guerrilleros los oyeron y le lanzaron una granada a la carpa. Qué desagradable imagen: pudo ver las partes de su amigo; era un muñeco destrozado. Vio los pedacitos de piel y sangre en el suelo; ya no sabía qué podría ser peor.

De repente se oyeron disparos; él solo pensó: “Que lleguen todos a mí o ninguno”. Se oyeron gritos de varios hombres; no sabía si eran de sus compañeros o de algún enemigo. Cerró los ojos con mucha fuerza por unos segundos, pero de pronto todo se apagó, había silencio absoluto, y sonaron 3 disparos seguidos de una obvia acribillada. Los abrió, era el ejército de Colombia. Nunca supo cómo, pero los habían descubierto y los habían rescatado, y dijo “gracias, gracias, gracias, gracias, gracias”. Los escuchó hablar, inspeccionar la zona y desatarlos, y cuando liberaron sus manos, no pudo sentir mayor descanso que el de sus costillas contrayéndose.

Fue llevado en un camión a la base; se cruzaban palabras, escuchaba y respondía casi por instinto, pero él no estaba ahí. Todo el camino desde el campamento al batallón, donde vio los restos de su amigo, el inconsciente, ya no con cariño, sino con asco, esa porquería que había en el suelo no era su amigo. Estuvo en silencio, en silencio mental; su mente era negra, no había palabras, pensamientos o recuerdos, no había nada, era silencio absoluto, nadie quería hablar, nadie quería oír, nadie quería sentir, simplemente no.

Hoy en día, Julian recuerda esta historia, y evita contarla en lo posible, porque cada vez que la recuerda, sus ojos brillan, llenos de lágrimas, su voz tiembla, y esa bola de acero que tenía en la garganta aquel día se vuelve real otra vez. Los hombres no lloran; eso es de maricas.  

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